jueves, 13 de enero de 2011

dado el caso...


Dn LM, ínclito vecino de la Castañeda, jome de tudos nostros...
1934



Estimado L

No escribo más a menudo por no decir muchas pendejadas.
Hoy te escribo porque es domingo y no tengo otra cosa que hacer aparte de escribir mi crónica semanal:
NOTICIAS del MUNDO que nos toco habitar.
Pero también porque ando escribiendo una obra de teatro inspirada en …

…Cuando la tenga más en forma, si te late te la mando...

Objetos de esta misiva:

PRIMERO:
No sé si ya te avisaron que ya entramos al 2011 con el principal objetivo de dejar la zona de desastre del 2010...


Signore B,

En primeras un abrazo, que de fiestas y distancias ambos sabemos más de dieciocho cosas, ninguna de ellas importante y mucho menos flatulenta,
de tan sencillitas ellas.
Yo no sé si es cuestión de menudencias o frecuencias calendáricas el tiempo que le toma a uno el escribir o decir pendejadas,

sin embargo en el mundo del revés,
los periódicos no son una mala pasada,
las gaviotas se cagotean sobre un sujeto sin despertar una marejada
y uno puede expresarse sin temor al ñor de las tijeras.

El caso es, que en el caso de que efectivamente se dé el caso,

yo le diera una lectura a su texto suyo de usted,
porque como dicen que dijo,
que dado el caso de que enviara usted el texto,
yo pudiera leer efectivamente el texto suyo de usted
y saber indudablemente de qué se trata este caso.
De otra manera, no tendría caso opinar
sin conocer el texto suyo de usted.
Y mire, neto que lo digo por si acaso.
Mientras tanto, como ya es muy de madrugada y mi celda me reclama,

le manda un abrazo, este amigo suyo de usted!

domingo, 9 de enero de 2011

Correspondencia Siliciana

Portada y composición textúrica César Cortés
Viñetas Lando Micco
2010



Antes de dejar Silicia, podríamos bebernos unas birras a la salud de los abandonados,
Olvidar las lágrimas en las fracturas de las paredes
Y llegar a la siguiente posta como si nada hubiese pasado.
Quienes pregunten ¿Por qué? Serán desechados cual servilletas de papel
En las que no se escribirán más historias…

Un gran abrazo maese!!!



Esa voz me agrada! Ya está;
habrá que ponerle día y lugar a la relatoría de los hechos silicianos;
balbuceos fúricos en medio de viandas y sustancias;
husmeo en la ingravidez y alegría del escape frente a la contrición en el disimulo
y el sosiego de lo permanente…

Un abrazo también!

viernes, 10 de septiembre de 2010

Epístola absurda para un clown

La nave de los locos... Hieronimus Bosch


Estimado Lucas

…Como siempre me da por compartir mis estados de ánimo con todo mundo, no sé si te molesta que, pura, egoísta y unilateralmente, escriba solo pa contarte mis problemas afectivos, emocionales y hexagonales...

Querido Blas:

Durante una reciente reunión en la Academia, grandes filósofos del futuro inmediato se enfrascaron en una disputa irreconciliable, motivada de acuerdo a la noticia publicada en los diarios locales, a los diversos puntos de vista que cada uno de ellos tenía acerca del apego y desapego, es decir, del egoísmo o de la compartición de los bienes y propiedades de los seres humanos.

Narraba la nota, que un grupo voluminoso más por su corporeidad que por su número, se plantó definitivamente en el argumento de que lo propio es propio y de naiden más, señalando por extensión que, el desprendimiento y compartición tienen indeseables efectos sobre el sujeto dadivoso, no solo emocionales, sino sobre su propio soma (entendido éste como la economía corporal), considerando de manera adicional el progresivo incremento en las tasas del IVA, el IETU y otras medidas impositivas que afectan la pauperoeconomía de los individuos de los pueblos al sur del río bravo.

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A su vez, otro grupo intentaba inútilmente hacerse escuchar en esa torre de Babel.

Su natural pedigree y refinada educación les imposibilitaba a levantar la voz más allá de los 15 decibeles.

Al no lograr ser escuchados, egoístamente optaron por retirarse del conclave, lo cual nos dejó una profunda incógnita; saber cuál era su postura concisa en relación al tema de discusión…

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En eeeeesta esquina le Franchute!!!

en esta otraaaaaaaa le Sardina!!!

Le Sardina tiró un gancho al hígado diciendo, no soy bacalao, pero también tengo aceite.

Le Franchute respondió con un jab acompañado de cierto desprecio culinario al sostener que para las pastas mediterráneas, solo las finas hierbas y el aceite de oliva.

El réferi desesperado por la incróspito de la pelea, cual estrella del pancracio se trepó a la tercera cuerda y desde ahí parado en insólita postura, le pidió al respetable público:

denme una E,

Eeeeeee,

Denme una Ge,

geeeeeee,

denme una O,

oooooo,

denme una I,

iiiiiiiiii,

denme una eSe,

eseeeeee

denme una eMe,

emeeeeee,

denme una O,

ooooo.

En un coro casi infernal, réferi y respetable público, animaron a los púgiles a entregarse sin reservas.

Egoíiiiiismo,

egoíiiiiiiismo,

egoíiiiiiiismo…

Manteniendo el precario equilibrio sobre la tercera cuerda, conminó a los contrincantes a que se dieran con todo, incluso con la cubeta…

Antes de lanzarse al aire y aplicarle una urracarana al cronista de radio, gritó enfáticamente:

¡No se queden con nada, suéltenlo todo, quedarse con las cosas es egoísmo!…

Motivados por tal acto de entrega y heroísmo, los pugilistas se levantaron de los banquillos de sus respectivas esquinas y se dieron con todo.

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Como si la violencia fuera contagiosa, otro grupo trataba inútilmente de intervenir en una riña desatada entre un filósofo verdadero y un desconocido que se había colado en la súpita academia de la más alta cocina, es decir, de la ciencia, disfrazado nada menos que de filósofo.

El falso filósofo acusaba de palabra y obra a uno de los asistentes.

A cada golpe que el falso filósofo propinaba, el filósofo verdadero replicaba, que sí, que en realidad él amaba a Sofía, pero que no era “el” amante de Sofía.

Entre moco, llanto y razonamientos existencialistas, el filósofo verdadero argumentaba sensatamente, que probablemente estaban hablando de Sofías diferentes.

El falso filósofo cegado por la ira y los celos, dando golpes de tirabuzón y también de ciego, neciamente continuó diciendo que no había sofisma (sic) que lo hiciera desistir de sus ganas de matar al amasio de su Sofía…

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Ya ve mi buen Blasso, eso de la compartición depende de lo compartido…

Tonces carnal déjese de preocupancias y platique lo que le inquieta, lo que le absurda la boca, lo que le sueña los quitos, lo que le arde en el corazón.

Pueblo de Tlalpan

martes, 31 de agosto de 2010

Nueve desierto

Gustave Doré
...Te encontré al tiempo que volaba,
no te voy a hablar del estado actual de mis alas...
Mariana Muñoz



las manos se extraviaron en un vuelo circular profundo como lluvia en el mar de los Sargazos


desterradas de tierra firme
se alejaron del espejo
excavaron la densidad del aire
descendieron abismos
cometieron mancias y demencias

inventaron luces y recuerdos,

se volvieron locas

ciertas de la noche que se avecinaba
quedaron mudas

muertas

desiertas

.

Anoche soñé que despertaba ciego


mudo

muerto

desierto

jueves, 12 de agosto de 2010

El principio fue ¡Crash!



De la serie: Cuentos del Crapocalipsis



I



Ocurrió que hace tiempo recibí varias llamadas telefónicas que reclamaban mi presencia, aunque debiera decir más bien, se reclamaba la presencia del habitante del apartamento o al menos eso parecía al principio.


Durante todas las llamadas telefónicas, de las cuales por cierto, ninguna, duró más de tres minutos, la persona del otro lado del teléfono nunca mencionó mi nombre, ni el de ninguna otra persona, solo me encarecía a presentarme en una dirección al sur de la ciudad.


El llamado era apremiante –No debería dejar de acudir a equis lugar, en cierta fecha. Esa fue siempre la primera indicación. –De otra manera, las consecuencias de no asistir a “la audiencia”, sí, eso dijo, “la audiencia” –Serían catastróficas. ¿Catastróficas para quién? Me pregunté para mis adentros.

–Yo a esta persona ni la conozco, concluía yo, con ganas de colgar sin más el teléfono.


Las primeras veces me arrepentí de haber tomado la llamada, pero algo me detenía y continuaba escuchando la llamada hasta el final.


Me llamaba sobremanera la atención, el énfasis que la voz ponía en el término, “la audiencia”. El tono era distante pero imperioso. Era más bien burocrático, aunque no del todo, sin embargo, no parecía tampoco, uno de esos supuestos abogados de call center que suelen amenazar a cualquier hora, a los deudores morosos.


No era mi caso. No tenía ninguna tarjeta bancaria, ni había hecho compras importantes o algún otro movimiento mercantil o financiero que involucrara mis datos personales desde que me había mudado a la ciudad y había obtenido mi nueva cédula de identidad. Yo tenía muy claro, quien era Yo ahora.


Mi antigua identidad se había diluido durante el sismo de 6.11 grados en la escala de Richter que devastó la región. Las indicaciones que recibí a través de la revelación durante lo más duro del desastre, habían sido tajantes.


La voz del otro lado me regresó más de una vez a la llamada.


– Procure no llamar la atención y use vías alternas para llegar, fue otra de las indicaciones que la voz emitía en cada telefonema.


Usualmente no daba espacio para hacer ninguna pregunta. Cada vez que yo intentaba interrumpir para preguntar algo, la voz continuaba con órdenes como:


–No cargue ningún documento…


A las primeras llamadas no quise darles importancia, las tomé realmente como llamadas de call center, simples cobradores buscando al inquilino previo del piso que en ese tiempo yo ocupaba en la calle de Cabinet, aunque las locuciones del otro lado del teléfono no eran precisamente requerimientos de pago, sino más bien indicaciones a seguir para acudir a cierto lugar.


El piso se arrendaba desde hacía varios años y yo apenas tenía unos cuantos meses de haber llegado ahí, así que la posibilidad de que buscaran a un antiguo arrendatario, era muy alta. Sin embargo, la eventualidad de número equivocado, estuvo descartada después de la insistencia de la segunda llamada.


Por otro lado, en esos tiempos, era evidente que había ciertas señales que yo en mi nueva circunstancia no alcanzaba a reconocer a plenitud.


Todo había sucedido muy rápido. Estar donde estaba, implicaba la ruptura total conmigo mismo, cosa nada fácil de sobrellevar salvo en las condiciones en las que a mí se me habían presentado todos los acontecimientos sucedidos hasta la fecha.


Después de varias llamadas, las cosas cambiaron. Durante la última llamada, las señales fueron más claras, aunque un tanto enigmáticas, podría decirse que hasta un tanto hieráticas. Lo impersonal de la voz, remitía a algo transhumano.


En tanto escuchaba la voz a través del auricular, los recuerdos de la revelación que tuve mientras los techos de los pisos superiores del edificio que ocupaba en M. caían sobre mí durante el terremoto, fueron tan vívidos, que no hubo mayor duda. Comprendí sin duda, que había ciertas señales ineluctables.


Son mis ojos, los que tienen que aprender a ver, pensé.


Sin embargo, en honor a la verdad, he de decir que durante la última llamada intenté hacerme el desentendido, el loco pues, así que sin dar oportunidad a que continuara, grite dirigiéndome con toda la voz al teléfono – ¡Yo no soy la persona que usted busca!


– ¡Sabemos lo que sucede, le esperamos! Fue lo último que se escuchó a través del altavoz.


En ese momento las sombras de las hojas de los árboles tras la ventana incendiaron la pared a un costado, la visión fue asombrosa, un incendio en amarillo y gris que arrasaba toda la superficie lateral de la estancia.


Yo me quedé con el auricular en la mano, después solo se escuchó el click del cierre de la conversa telefónica.


No había duda ¡Las llamadas eran para mí!


Si bien era cierto, tenía indicaciones claras acerca de mantener un bajo perfil, más cerca del anonimato total que, el de destacar en ese microsistema que era el edificio de apartamentos o las calles o lugares que frecuentaba, también era cierto que eso dejaba abierta la posibilidad de que desde el mismo anonimato absoluto en el que me encontraba, pudiera realizar la tarea que tenía destinada.


Al principio no salía mucho del apartamento, si acaso, solo para hacer compras de alimentos o algunos CD´s y periódicos que hicieran menos largas las horas de espera y estar mientras tanto, al corriente de lo que sucedía “afuera”.


Aunque en realidad, yo mismo no sabía exactamente que esperar, ni cuál era el siguiente paso. Solo estaba ahí, esperando…


No era precisamente confusión lo que experimentaba, más bien era una cierta indecisión indescriptible. Salvo las visiones, ignoraba el resto.


Al principio, las mismas visiones no me hacían mucho sentido. Eran imágenes demasiado sueltas para tener una significancia o comprensión clara en esas circunstancias y momentos.


Yo mismo tendría que descubrir los significados.


Los signos, sin las significancias y la interpretación, son nada, solo señales anodinas o circunstancias aparentemente inconexas.


Como primer paso, era necesario comprobar que ya estaba en el lugar, el cual sería el epicentro de todo lo que estaba por venir… o por continuar…


Ese propio pensamiento tenía algo de terrible.


Las evocaciones involuntarias me produjeron tal sensación, que un temblor oscuro me recorrió la cerviz, las imágenes de muerte y desolación que vi por todas partes durante las horas que transcurrieron después del tercer movimiento telúrico de 69 segundos experimentado en M., estaban nuevamente frente a mis ojos.


La destrucción había liberado los instintos más salvajes de los sobrevivientes. Unos y otros tomaron cualquier objeto que pudiera convertirse en un arma y cada uno a su modo había continuado la destrucción. Lo que las fuerzas telúricas no habían devastado, lo estaban haciendo ahora las víctimas, convertidas en salvajes victimarios de los otros.


Cuando entre los escombros y el polvo aún suelto en el aire abandoné M., observé que llegaban más cargamentos de armas para controlar las rebeliones y saqueos, o para armar a los insurgentes y rebeldes, que de alimentos para ayuda humanitaria, bisnes are bisnes decían, los mismos que se encargan de hacer de policías del mundo, al entregar los pertrechos para una guerra asimétrica en desarrollo…


Exhalé firmemente por las narinas intentando quitarme esas memorias, pero un cierto tufo se extendió por la habitación.


Las cosas habían iniciado y no había vuelta de hoja. En el cosmos, algo inevitable por fin había sucedido, el orden de las cosas se había también movido y anunciaban el principio de algo desconocido para la gran mayoría de la humanidad.


Sin duda habíamos perdido el sentido de las cosas… podíamos discutirlo por horas en los cafés y bares hasta el insomnio o la borrachera y nada cambiaba, éramos testigos lejanos, ausentes del devenir del mundo que nos rodeaba.


Ya todo se había echado a andar, aún sin darnos cuenta.


Muchos no sabíamos muchas cosas, sin embargo, y eso lo tengo claro, la ignorancia te hace inocente, pero no te salva.


Eso sucedió en M. antes del sismo. Ahora ya no había vuelta atrás, M. ya no existe más. No quedó piedra sobre piedra.


Un estallido cimbró los cristales del ventanal, la curiosidad ha sido sometida por la costumbre, la devastación es parte de la decoración urbana. El miedo es tan habitual que ha perdido su sentido emocional. Somos sobrevivientes.


Sin embargo motivado por una de esas extrañas corazonadas extendí la vista a través del amplio ventanal de la estancia. De entre el humo que sobresalía por arriba de los edificios del vecindario, o tal vez a causa del calor remanente de la explosión y la distorsión de los dedos de fuego y ceniza, sobresalían algunas imágenes superpuestas. Otra vez las revelaciones fueron claras.


Había tres universos superpuestos: El de afuera, el mundo de los otros, donde todos compiten, pelean y corren tras sueños, ilusiones, deseos y objetos; Uno intermedio, el que habita en el ancho del cristal, ese gemelo que es transparencia y espejo; Y el de adentro, este que sucede dentro de las paredes de casa y mi cerebro.


Esta última certeza me hizo saber que ya estaba en mi propio camino, cualquiera que este sea.


A riesgo de dejar huellas o evidencias de mi paso por aquí, he decidido hacer una especie de bitácora o diario de camino. No entiendo mucho de leyes humanas o divinas, pero hay una premisa que debe funcionar igual en ambos lados, lo que no está prohibido, está permitido…


De pronto los impulsos de escribir llegan solos. Eso es algo también sorprendente en estos momentos de tanta tensión e incertidumbre, la cantidad de ideas y pensamientos que vienen a mi cerebro en estas largas tardes de espera y que después de repensarlas una y otra vez, no dejan más remedio que escribirlas. Escribir obliga a pensar, a detenerse a leer lo escrito, a preguntarse cosas, a buscar respuestas, a caminar.


¿Podremos guardar una verdadera memoria de lo que está sucediendo?

¿Podrá alguien después de que todo esto acabe, saber lo que sucedió en realidad?

¿Habrá libro que resista la devastación del fuego o el tiempo?

¿Habrá alguna voz que no sea muda después de explotar de llanto con tanto disparo?


“Le parole vanno al vento, scritto permenee” repetía mí abuela, para dejar constancia de que no bastaban las promesas, pero y después cuando en esta larga noche se apaguen las luces, el final final

¿Quién lo escribirá?

domingo, 25 de julio de 2010

Distopía monal

Monos
Cuentos del Crapocalipshit...



Había una vez un caballo astronómico en algún lugar de la selva negra...


El mono brincó (ostentosamente) desde su banano y caminó (monamente) hacia el estrado donde acomodó el micro sobre el pedestal hasta dejarlo a su altura e hizo pruebas de sonido,
ckkka ckkka, ckkka ckkka.
Sin previo aviso, eructó en dirección a la corte genuflexa de lambiscones que mientras tanto se masturbaban aduciendo lo excitante de su vigorosa presencia.
Golpeó ambos talones a manera de saludo militar, se ajustó la chaqueta y las charreteras, después pidió silencio al respetable y ordenó al coronel y sus diez mil milicianos que abrieran solemnemente la tapa del mausoleo donde descansaban (en paz), desde hacía 178 años, los restos del padre patrio de otros monos.
Una vez que levantaron la cubierta, suspensó un minuto la expectativa (eructó una vez más), engoló la voz y dijo:
Padre ¿eres o no eres o quién eres?…
¡Padre no estás solo!
¡En el trópico también sabemos cantar joropos y llaneras!
¡Por ti libraremos la madre de todas las batallas por la zoológica libertá y el colectivismo tarzánico de los pueblos!
En la selva, dóciles aplaudieron los aplaudidores oficiales.
Algunos levantaron piedras y esgrimieron al aire ramas a manera de armas.
A su lado, un monito (chiquito y mercenario) le lamía los guevos…
En el clímax del rito, a una sola voz todos corearon:
¡Mono, moooono, moooono!
El mono se irguió orgulloso, estaba exultante, diarreico, incontenible.
Petulante se rascó los guevos, eructó con fuerza pedorreica frente al micro, caminó vanidosamente hacia el banano y volvió a treparse en su rama.
Todos aplaudieron/
y también se rascaron los guevos.


Acariciando la vieja ojiva rusa de fabricación china que guardaba celosamente en su neceser particular, un otro mono aún más viejo y más gorila, desde su pivote de tierra en la mar océano inflamaba al vecindario vociferando salomónicamente (la vejez los vuelve sabios…y necios) en el micrófono abierto de la única estación de radio que trasmitía a lo largo y ancho de la selva:
¡Compañeros! ¡Frente a un ataque nuclear, no hay sombrilla de barita, plomo del 98%, ni bunker profundo que nos proteja!...
¡Solo la revolución nos salva!
¡Revolución o muerte! emitía la estación de radio en cada punto del arrecife haciendo eco al espíritu del paladín infalible.
En la plaza roja de la Sabana vieja de la selva, otros monos (igual de viejos) y dispuestos a envejecer hasta la momificación, con los corazones henchidos de genuino heroísmo, ckkka ckkkaban:
¡Mono, moooono, moooono!


Un artrópodo suspirante a primate, supuso que pensaba y diseñó el penúltimo manual del perfecto mesías en cinco pasos a saber:

1. Búsquese un héroe local de preferencia fracasado y úselo como modelo para hablar del sacrificio personal en aras del bien superior de la nación mona;
2. Haga de todas sus bravatas un acto de victimismo y heroísmo;
3. Búsquese un demonio local, de preferencia un oligarca en decadencia y úselo de su puerquito; con los otros, negocie bajita la mano canonjías y otros beneficios personales;
4. Hable siempre en tercera persona del plural y con referencias vagas a su origen divino;
5. Destile su veneno en diatribas contra todos los que se opongan a usted y sus ideas, y (muy importante) respetuosamente esconda la mano;
6. Opine de todo e insista, insista, insista: Cualquier propuesta opositora persigue siempre oscuros intereses, por lo tanto, los demás están equivocados, solo los monos buenos en voz usted tienen la verdad;
7. Inmole a sus secuaces más acérrimos e inscríbalos en el martirologio del movimiento por la novena república.

Al terminar tan peliagudo ejercicio, el artrópodo se incorporó en dos patas, se rascó la panza como intentando rascarse los guevos, sonrió satisfecho y dijo: ¿humano yo? ¡No!
¡Mono, moooono, moooono!

viernes, 16 de julio de 2010

Volví a tener visiones

2010


Woyzeck armen... roten, blut...

Georg Büchner


El siquiatra dice que su frenología y farmacopea son insuficientes en mi caso...






Primus

La secretaria no me miró ni me habló durante todo el tiempo que estuve en la sala de espera, ni siquiera cuando llegué y me paré frente a su escritorio para decirle que tenía cita a las cinco y media de la tarde.
Después de algunos minutos de soportar su incomodo ignorarme, me di cuenta, o más bien dicho pensé, que tal vez María tenía razón cuando me sugirió acudir al siquiatra. Me incomodaba sin razón alguna, el desprecio que manifiestan las estatuas, los burócratas, los semáforos, los elevadores y otros objetos que imitan la naturaleza humana, cuando se quedan impávidos y callados frente a una pregunta planteada sin mayor ambición que obtener un sí o un pase usted como respuesta.
Además he de reconocer que intolero a los intolerantes.
Sin duda, la secretaria era parte del mobiliario del gabinete del doctor, sus movimientos eran tan articulados, tan espasmódicos, tan singulares y mecánicos, que más bien parecían los movimientos de una autómata.
Estuve tentado a revisar la parte dorsal de su nuca, para ver si tenía un código de barras e identificar el probable origen de ese mecanismo de IA, pero no me atreví, pensé en silencio que he visto demasiadas películas de joligud.
Me senté en uno de los sillones que estaban disponibles en el recinto, pero elegí el más alejado para no estar frente a ella.
Miré el reloj de pared. Yo tenía la culpa, había llegado 31 minutos antes de la cita programada (o más, si agregaba los que pasé frente a ella).
Compraré un reloj de pulsera para usarlo en este tipo de situaciones.
El lugar estaba lleno de olores extraños. Olores que no se huelen en ningún otro lugar que yo conozca. Es razonable que un taller mecánico huela a aceite y fierros oxidados, que un consultorio dental huela a clavo molido y hueso desbastado, que una pescadería huela a mar y pescado, que una tablajería huela a muerte e impunidad, en fin, es natural que un consultorio huela a… a… a consultorio.
Hasta antes de acudir por primera vez al consultorio del siquiatra (gabinete, me aclaró él durante la primera sesión) o más propiamente dicho, hasta ahora, no tenía idea de que la sapiencia y la beneficencia tuvieran un olor particular.
Ahora puedo imaginar que el cielo apesta de manera semejante a ese lugar.
Pasados unos minutos, un sopor se apoderó de mí. Tal vez la batalla de mi estómago con los alimentos ingeridos unas horas antes o los beatíficos olores del lugar hicieron estragos en mi estado de vigilia. Cerré los párpados para dejar descansar la vista, dejar de pensar en lo que me anunciaría él doctor (había prometido darme un diagnóstico) y sobre todo para no ver a la secretaria y seguir siendo blanco de su indiferencia.
En un momento dado, una voz lejana e impersonal llegó a mis oídos, al tiempo que las campanillas del carillón de pared anunciaban las cinco y media. Movido por la voz, abrí los ojos con sorpresa. El tiempo había pasado en un abrir y cerrar de ojos, aunque yo me resistiera a reconocer que me había quedado dormido.
Las puertas de roble de la habitación principal estaban abiertas de par en par invitándome a pasar.


FINIS

Al ingresar al recinto, experimenté una extraña sensación perceptual relacionada con un cambio de intensidad en las luces. La luz de la sala de espera parecía detenerse a solo unos centímetros pasando el umbral de la puerta.
Adentro había una penumbra que acentuaba aún más los olores que de ahí emanaban.
Tal vez, durante la primera cita, mi estado emocional no me permitió hacer estas observaciones. Había acudido con mucha incredulidad y muy poca fe en las artes médicas. Yo en realidad no estaba enfermo de nada, lo hacía más que nada, para complacer a María. Además, había acudido solo, ella estaba fuera del país y la soledad es mala consejera.
El hombre vestido de impecable blanco parecía esperarme y me miraba inquisitiva y condescendientemente desde la altura de su escritorio de maderas preciosas.
Me invitó a recostarme en el diván a lo cual accedí sin reparos, entiendo que esa es la tradición de la escuela siquiátrica. Supongo que la horizontalidad de un cuerpo está más asociada a la enfermedad que a la vitalidad.
Cuando uno no es cadáver o no está firmemente parado, está enfermo…
Sin levantarse de su sillón, se acomodó las gafas con armazón de oro sobre el puente de la nariz, carraspeó sincera y serenamente sin quitarme la vista de encima, afiló la palabra y me dijo con ese aire de suficiencia que los caracteriza cuando van a dar una noticia importante o trascendente: ¡Está usted loco!
La afirmación fue tan tajante que me dejó estupefacto durante interminables segundos. Yo respondí tímidamente: Solo tengo visiones doctor… no creo que eso sea cosa de locos...
No sé nada de medicina, pero entiendo que la palabra “loco” es una generalización vulgar que desestima la cordura de una persona y no una expresión técnica que hable de algún desorden mental en específico, pero bueno, ¿Quién sabe más que ellos?
Él continuó sin quitarme la vista de encima, probablemente observando mi reacción… me sentí incomodo y desvié la mirada, llevé mi mano derecha al bolsillo del abrigo intentando demostrarle que estaba buscando algo y que no estaba mosqueado por su mirada indagadora.
Mi bolsillo estaba vacío, así que saqué la mano carente de pretextos y la acomodé con la otra, cruzando los dedos sobre mi regazo.
Él esbozó una inexplicable sonrisa que me incomodó aún más.
¡Fenómeno! dijo, encorvando la espalda y frunciendo el ceño.
Después recuperó la postura y abrió un cajón de su escritorio de donde extrajo un grueso paquete de folios. Tomó un bolígrafo de una pieza de ornato con una representación informe vaciada en bronce que se encontraba sobre la superficie de la mesa y garrapateo algo en una de las hojas.
¿Cómo? pregunté yo desconcertado, tratando de entender la relación entre el diagnóstico y lo fenomenal de algo que acababa de ocurrir sin que yo me hubiera dado cuenta.
No hubo respuesta de su parte.
Se levantó del sillón y rodeando por detrás la otomana donde yo me encontraba recostado, se dirigió hasta un armario de madera y cristal biselado que se encuentra empotrado en la pared al lado derecho del diván, sacó un manojo de llaves de un bolsillo de su impecable bata, ceremoniosamente pasó entre sus dedos cada llave hasta dar con la elegida e inmediatamente la insertó en la cerradura donde la hizo dar dos giros a la derecha, se escuchó un click y después como un sacerdote que abre el arca de la alianza, abrió el delgado recuadro de madera labrada alrededor de la hoja de cristal biselado que hacía las veces de puerta.
Extrajo un instrumento metálico semejante a una pinza con sus ramas curveadas hacia adentro o tal vez más precisamente, a un compás de grandes dimensiones (ya que tenía una regleta trasversal a los brazos). Con un paño limpió, por no decir que acarició, toda la extensión de ambas ramas y finalmente cuando consideró que tenía el lustre necesario, lo miró con arrobamiento.
Los reflejos que surgían de la superficie cromada del instrumento se distribuían por todo el recinto.
Me acomodé nervioso sobre el diván, intentando levantarme.
Se acercó por detrás, hacia la cabecera del canapé y posó una de sus manos en mi hombro izquierdo, supongo que para tranquilizarme. Percibí el peso de su mano y la temperatura de la misma. Me inquieto su frialdad y la presión que ejerció contra mí. Después me pidió que me incorporara y me sentara. Rodeó el diván y se paró frente de mí.
Para mejorar su comodidad y aumentar mi incertidumbre corrigió la dirección de mi cabeza hasta dejarla en una aparente verticalidad. El cuello se me tensó un poco. Parsimoniosamente abrió los brazos del instrumento y colocó el extremo de cada uno de ellos en la cola de mis cejas.
Sentí el frío metálico del utensilio médico sobre la piel y su respiración pausada sobre mi coronilla, pero no me atreví a moverme, supongo que el momento era clave tanto para él, como para mí.
Me sentía como testigo y objeto de un auto sacramental.
Enseguida lo volvió a colocar diestramente entre el punto que está en la raíz del apéndice nasal y la coronilla, para después desplazar el brazo metálico hasta el huesito que sobresale en la base posterior del cráneo.
Mja mja todo coincide… decía en voz baja para sí mismo.
Una vez más volvió a colocarme el aparato, solo que esta vez lo colocó un poco más arriba de las sienes, a cada lado de la frente. Después de unos momentos de interminable silencio retiró el aparato de mi cabeza. Dio un paso atrás, dobló y guardo el instrumento en el bolso de su bata, comprensivo cruzó los brazos sobre el pecho, ladeó la cabeza y me miró con genuino interés científico (supongo).
-¿Ha tomado sus medicamentos como le indiqué?
Ssssí respondí sin mucha seguridad, tratando de encubrir el hecho de que solo había tomado una pastilla roja y una amarilla y después las había suspendido.
Al momento de surtir la receta, el despachador farmacéutico fue muy duro con respecto al origen de la receta y su contenido. Comentó con mucha seriedad el estricto control de las autoridades sanitarias sobre estas drogas (hizo énfasis en la palabra “drogas”) y en su poder de adicción.
-¡Sí o no! dijo tajante el doctor desde su altura parado frente a mí, impidiéndome seguir pensando en cuál había sido la razón real para no seguir tomando los medicamentos tal como me lo había indicado.
Intenté explicarle que la pastilla amarilla me produjo nauseas y la roja dolor de cabeza, pero no me dejó continuar.
Haciéndome un gesto con la mano me indicó silencio y recostarme, después se dirigió a un sillón paralelo al otro costado del diván, donde se arrellano cómodamente.
Con la certeza de que no podía engañarlo, sin mirarme y dejándome sin saber dónde colocar la vista, continuó con su interrogatorio. Yo también me acomodé en el canapé.
-Cuéntemelo todo, desde el inicio. Dígame como son sus visiones.
-No sé… empecé a explicarle. Es un poco tal vez, como un dejà vu pero al revés, es como sí…
-¡No, no, no! dijo. El deja vu es una paramnesia, es decir, es la sensación de que ya se ha sido testigo o se ha experimentado previamente una situación nueva. Eso es algo muy común.
-Claro… Mire, el asunto es que en ciertos momentos y bajo ciertas circunstancias veo cosas, imágenes que llegan a mis ojos, visiones de otras personas en situaciones diversas de su vida. No las veo hasta que sucede, sino antes de que ello ocurra.
-¿Se las imagina o las ve?
-Las veo, las veo como a través de un diaporama que se sobrepone sin oponerse a lo que está de fondo.
-¿Un diaporama? ¿Las conoce usted?
-¿Qué? ¿Las diapositivas? ¿Los diaporamas?
-¡No! A esas personas…
-A algunas sí, otras no… son como parte del paisaje, de la vida cotidiana que está por suceder…
-¿Va a llover mañana?
-¿Mañana? Es probable, así lo anunció el meteorólogo... el pronóstico del tiempo es ahora bastante preciso…
-¿Entonces no ve el futuro? ¿No sabe si va a llover mañana?
-No. En tal caso leo los pronósticos del tiempo en la carátula de los diarios o en la internet…
-Me refiero a que si en sus visiones usted habla con las personas.
¡No! replique enérgicamente, sabiendo por donde iba conduciendo sus conclusiones el doctor.
Rompiendo con el esquema, me incorporé y mirándolo de frente le pregunté cuál era su opinión concreta sobre el caso.
Por unos minutos no hubo respuesta alguna. Después cambio de posición. Se quedó impávido y silencioso sentado en el sillón con la vista fija en las puertas de roble como invitándome a salir.
En ese momento sonaron las campanillas del reloj marcando las seis y media. Sin un solo ruido, las puertas se abrieron automáticamente dejando entrar un hilo de luz de la sala de espera, apenas dibujando una línea en el umbral de la puerta.


Miraflores
entretiempos