jueves, 8 de abril de 2010

El fino arte de hacerse pendejo

Acervo fotográfico del Manicomio General de la Castañeda


- Hay cierta clase de cosas...

-Yep, basta quedarse quieto y silenciar...




Para Laura Mar

Ayer me preguntaron el porqué un sujeto que acepta una responsabilidad, jurando con la mano derecha en la biblia y la izquierda en el bolsillo monedero, una vez asumida la encomienda, navega de muertito durante largos siete años, siete, solo para decir(nos) al final de su estancia (que no mandato), que habríamos de aprender (todos) el fino arte de hacerse pendejo. Ante tan sediciosa pregunta, me rasqué la cabeza, me arranqué los cabellos, intenté la empatía telepática o sea, ponerme en sus zapatos y sus ambiciones. Para tratar de responder a la pregunta que me sorrajaron, desatinada y pendejamente recurrí a los juicios de valor, primer cajón para encontrar absurdas razones a las sinrazones. Que si en la cocción de los huevos que se llevaría ese día como desayuno a la escuelita (en su ya lejana infancia), estos quedaron tibios, que si su crónica deformación burocrática lo imposibilitaba para tomar decisiones trascendentales, que si las gafas que no usaba eran para miopía, que si la velocidad máxima frente a una escuela es de 10 km por hora y así, ofrecí una hilada de respuestas por el estilo. Cada respuesta que ofrecía (impunemente) aumentaba mi insatisfacción y exacerbaba mi sed alcoholicocanabicoliterohistoriográfica. Al final le espeté a quien me hizo la pregunta: ¡Y yo como carajos voy a saber las razones de las inacciones de un sujeto al que vi (de lejos) solo un par de veces! Encontrar la punta de la madeja podría ser una tarea de titanes, así que en ausencia mortis del famosísimo Heracles pensé que lo mejor sería dejarle la faena a la mismísima araña. ¡Maldición! la pregunta se quedó rondando en mis laberintos cerebrales el resto de la tarde y parte de la noche, tenía la sensación de cochambre, de inconsistencia gelatinosa. Llegué a casa, miré el lugar donde deberían estar mis libreros, añoré los libros de la biblioteca, los diccionarios de la real pandemia de la lengua. Con una ansiedad casi insana fumé como un orate y caminé en círculos por la estancia tratando de olvidar la amotinada pregunta. Al caer el crepúsculo me tiré en cama, rayé (con la uña, cual vil reo) por enesimísima ocasión las paredes arrendadas de mi piso en la calle de Miraflores, como si las respuestas a mis inconsistencias se encontraran tras la argamasa de las tapias de ladrillo. Por ahí de las 23:63 hrs, cansado de buscar sin encontrar una respuesta a una pregunta que para ese momento ya había olvidado, encontré el sueño. Soñé que regresaba a Mixcoac, que brincaba (como siempre) la barda inconmensurable que rodeaba los pabellones de la Castañeda, hasta encontrarme (como siempre) con Matilda bajo la sombra de los sabinos. Sonreímos cómplices, nos tomamos (como siempre) de la mano y una vez con la seguridad de su brújula en mi corazón, atravesé (como siempre) el espejo.


Matilda me condujo (como siempre) hasta la biblioteca del recinto. Escombró algunos montículos de revistas y libros en desuso, amargos calendarios y expedientes del archivo muerto. De vez en cuando tomaba en sus manos uno de los libracos, soplaba su aliento tenaz sobre la superficie empolvada hasta imaginar un minúsculo tornado de partículas doradas y después susurraba: anda Dorothy, busca a toto… Esta mañana antes de salir de casa, se escucharon ruidos extraños tras la puerta de entrada. No hice caso (no, no eran voces tras mi oído). Cuando finalmente estaba listo para salir, encontré una hoja amarillenta de papel tirada en el piso. Con indudable letra de mujer, la hoja tenía una palabra escrita en su superficie: Prevaricación. ¡Ah! Matilda siempre tan oportuna. En ese momento me vino a la cabeza un viejo dicho y conocido refrán: Hechos son amores, lo demás son promesas vanas. Ya perdí el hilo… ¿Y todo esto a cuenta de qué? Ah sí… para hablar del fino arte de hacerse pendejo…

miércoles, 31 de marzo de 2010

Dmn

Tarde de demonios Plaza de Bellas Artes 2009 Lucas Matus


aprendí del viento la voz que susurra
y el grito indomable
de la lluvia el llanto
el tam tam
el camino de la sangre
el rain rain que adormece
la absoluta humedad que abraza
de las hojas sueltas del otoño
a morir un día tras otro
de la muerte el sabor inefable del suicidio
a vivir más allá de la soledad de una caja de madera
de las ausencias que en ella caben
del hueco en el pecho
que ya no es más hueco
sino la casa del polvo de todo lo que un día
no importó

jueves, 11 de febrero de 2010

De profundis




Será el verde vertedero de sus ojos,

o el silencio distante de un teclado anclado

en las reminiscencias de una remington

que no dispara plomo sino palabras,

será el sereno...

Noche


Paráfrasis al Neruda. Una noche, en una charla nada que ver con la Serrana...


Todo y todo estaba oscuro.



Noche atrapada dentro de un túnel


que no tenía la certeza de ser tripa hambrienta,


línea férrea de angostos pasos subterráneos


o cloaca de ciudad.



Noche abrió los ojos cuanto pudo,


cerró las narinas hasta la asfixia,


cansada de ser ciega reventó,


vomitó sobre los rieles electrizados.



Túnel ingenuo se abrió a lo largo.



Una vez liberada de la nausea,


noche voraz penetra túnel buscando colecciones filatélicas,


cartas que nunca llegarán a su destino,


huesos abandonados desde el último suicidio,


olvidos,


abrazos furtivos y placeres prohibidos...



Se pegó a las paredes cuanto pudo


acariciando cada grieta,


cada patraña de humedad escurriendo lentas lágrimas sucias,


se regodeó hasta el orgasmo infinito.



Túnel se estremeció.



Alarma sísmica, absurda y loca, gritó:


¡Sálvese el que pueda!



Túnel bufó en la bocamanga de San Antonio Abad.


En calzada de Tlalpan los transeúntes que corrían presurosos a sus casas


se sintieron ofuscados,


el miedo les asomó un temblor en las manos


ja… no entendieron la urgencia de la caricia, ni del goce trémular de las entrañas.



Las putillas de la esquina desde sus escotes largos,


sus minifaldas,


sus muslos de golosina y sus medias quitapón


sonrieron jugosas, sabían lo suyo.



Noche salió al exterior sin labial en la boca,



Túnel se quedó tendido cuan largo era,


Doce veces,


Doce brazos de Kali repartidos en las profundidades de la antigua Tenochtitlán.



Noche cayó sobre las esquinas,


la luz de las farolas parpadeó entre el amarillo de Marte y el negro de humo


silenciosa amplia y cálida


Noche se extendió lentamente sobre las calles de la ciudad.

sábado, 6 de febrero de 2010

Blablablá

Otro mundo, que es el mismo.
"A corazón abierto" PoeTeatro
Quanax huato, Enero 29, 2010
Foto el Boni bo

Esta es una mañana extraña…
I feel strange.

Mi pensamiento pelea con mi corazón.
Será confusión? O exceso de sueños?

Hace un rato,
una cosa era cierta,
tenía hambre y necesitaba desayunar,
pero como mi corazón se empeñaba en inventar y mi razón no lo convencía,
decidí aventar el directorio telefónico por la ventana
y salir a la calle.

Una vez afuera,
encontré de camino un sol amarillo
(el frío invernal le peleaba la calidez)
y un colibrí
(brizna de viento)
detenido a medio camino
entre las paredes de una vieja casona
y mis pasos buscando una respuesta.

- El corazón dijo emocionado: te das cuenta? Pa que más razones? ….

- Mmhhhhh dijo el cerebro…

Blablablá

martes, 5 de enero de 2010

Crónicas del metro…

Dolor, Museo de Arte Contemporáneo Bogotá, 2008

El destino es una piedra de memorias,
en ella se leen huellas de pasos, cicatrices y sueños…

Pa la ItzelA

Hace poco, al finalizar la presentación de un poetryperformance, regresaba a casa después de una extraña velada en la terraza de un bar; llevaba humo en los pulmones y alcohol en las venas, nada fuera de lo habitual en una noche de fin de semana.
A esas horas, cerca de la medianoche, los andenes subterráneos del metro son pasillos con identidad de ciudad abandonada y los vagones del tren se trasladan semivacíos, nadie mira a los ojos, unos dormitan recargados en las paredes y otros se sumergen en la voz silente e individual de los iPod metidos en lo más profundo de los oídos.
Hacía frío. Mientras esperaba la llegada del último tren, de las sombras de un falso plafón adosado a la pared, surgió un hombre de mediana edad y extraña apariencia, no llevaba camisa y tenía el iris de los ojos de un extraordinario color rojizo.
Se acercó tan ligeramente que parecía flotar sobre sus pasos, me miró directamente a los ojos y sin abrir la boca, me dijo: ¡Te conozco! Sonreí, aunque su rostro no me hacía sentido con alguien que alguna vez hubiera yo conocido, sin embargo había algo en su presencia que me resultaba familiar. Pensé en sacar unas monedas, no sé, quizá quitarme el suéter y entregárselo, mirarlo me causaba el frío que el alcohol y la bufanda alrededor de mi cuello no permitían que sintiera. Mientras buscaba en el bolsillo del pantalón algo de plata suelta para entregarle, me tocó suavemente un punto del brazo izquierdo y sentí profundas ganas de llorar, los ojos se me arrasaron de cristales.
Instantes después (no sé cuanto), volvimos a mirarnos y otra vez, sin abrir la boca, en un parpadeo de ojos me contó lo siguiente:

Alguna vez fui ángel… Es difícil explicar la condición de ángel, la mayoría de las personas tiende a asociarlo con dios, particularmente con ese dios castigador y malévolo nacido en las fronteras de Babilonia, sin embargo, nada que ver, no se trata de resguardar personas, ni de salvarlas del infierno si es que este existiera, ni de aconsejarles cual es el bien o portearlas al final de sus vidas como Caronte sobre el río.
Por otro lado, cuando llegas acá, hay una exigencia de las personas de saber de donde vienes, quienes son tus padres, como te apellidas, porque tu acento suena diferente, así, necesariamente te obligas a obtener un registro civil y por lo menos una madre; la condición híbrida del hermafroditismo esta muy lejos de ser siquiera considerada como una posibilidad de “reproducción” y por lo tanto de nacimiento, imagina la cara de sorpresa de cualquiera al escuchar la siguiente respuesta:
Y nada ¡nací de mi mismo! Fffffffffiiiiuuuuuu
Peor que “hijo natural” o hijo de la bastardía, bastardo.
Ughhhhh también las palabras matan.
Así, una vez llegado acá, me dedique a mirar. Al principio fue muy cerca del
Bahr Lut, no había aún aprendido a usar las cuerdas vocales, de mi garganta solo salían sonidos roncos y guturales incomprensibles para los que en ese tiempo me rodeaban, por otro lado, no conocía el significado de las palabras, no entendía el andar en círculo de los pasos sobre los pasos, no comprendía lo absurdo de las murallas en las ciudades ni la razón de los puestos de guardias en las fronteras y por supuesto, a todos los lugares donde llegaba era visto como un extraño forastero.
Conforme me adaptaba a mi nueva circunstancia y me mezclaba con las gentes de los pueblos, me asombraba lo pernicioso de las mentiras en sus charlas cotidianas, lo jodidamente ventajoso de las traiciones en sus relaciones con los otros más confiados o más ingenuos, lo engañoso de sus promesas y así,
poco a poco aprendí a sobrevivir…
lejos de ellos.
Me fui haciendo de una piel de cristal de roca, en realidad, uno no sabe bien a bien la composición química de los humanos, quien se va a imaginar que el resultado de una mezcla mayoritaria de cloruros de bromo, sodio, magnesio y potasio experimentada en la transformación a humano, pueda traducirse alguna vez en mares salados atrapados en el fondo de los ojos.
Aprendí recordando lo que antes era, a mirar los sueños de otros a través de mis ojos de cuervo.
Con quienes estuvieron muy cerca de mí, aprendí a guardar silencio cuando su voz por alguna justa o injusta razón se elevaba irritada, a permitir sus motivos, a no preguntarles de donde venían, ni cual era su historia, a dejarlos volar y desaparecer cuando fue tiempo de volar y desaparecer, a cuidarles el recuerdo, a guardarles la memoria, a no dejarlos morir en la soledad de un nombre desgastado por los azotes del tiempo.
Fui de ciudad en ciudad y de país en país hasta llegar aquí.
Aprendí a no tener raíces, a no lanzar mensajes en botellas vacías después del naufragio, a tomar camino cada cierto tiempo para volver a nacer porque pasados los años, todos envejecen y mueren a tu alrededor y es muy peligroso ser un hombre milenario.
Todo iba bien, incluso cuando todo iba mal.
Después de todo este tiempo, un día inesperado, un dia como cualquiera en que tienes las palmas de las manos abiertas, con afilado cuchillo clavado a mansalva justo entre la cuarta y la quinta del costillar izquierdo, me enseñaron la peor manera del dolor.
¡Por supuesto no morí!...
Pero aprendí a golpes de sal, que no son las ausencias las que matan sino los actos.
¡Ya no quiero ser humano!
Fue lo último que dijo.

Cuando abrí los ojos, en la absurda conciencia de que no podía abrirlos porque ya los tenía abiertos y estaba mirando a alguien, experimenté algo así como un choque de conciencia. Sentí un vértigo en la planta de los pies, aún así intenté responderle algo, s
in embargo para mi sorpresa, frente a mí solo había un charco de cristales.
En ese momento llegó el último tren de la jornada y abrió sus puertas, lo abordé con la extrañeza de pasos tambaleantes, como si el último trago de alcohol me hubiera hecho efecto a destiempo.
Una pregunta se quedó rondando mis sueños en lo que restaba de esa noche.
¿Existen los ángeles?

lunes, 7 de diciembre de 2009

Amar a Magdalena

מאפין אהבה Lucas Matus, Miraflores 2009


Buscar a dios en el vientre telúrico de una mujer
y no en las barbas ancianas de un presunto poder omnisciente…


Su apariencia cotidiana en las calles era como la de otros tantos millones de personas más circulando en contrasentido de los señalamientos de tránsito en los semáforos.
Manifestaba con su cara y sus gestos de trajín

(como todos),

la misma prisa, la misma urgencia de llegar a su destino

(lejano y bestial),

el mismo resentimiento sin causa aparente contra causas aparentes

y comprobables solo por la dialéctica del sinsentido común y la descalificación del probable y presunto enemigo.


Bajo sus afeites de persona usual y corriente,

nadie podía imaginar lo que en realidad se escondía dentro sus botas rojas de casquetes polares

y su gabardina violeta con añoranza de vuelos espaciales.

Secretamente amaba a los hombres de uniforme

(confesaron en su biografía inconclusa algunos de sus amantes vestidos de verde camuflaje pero evidentes enemigos de policías y milicos).

Aunque también

(dicen los que le conocieron),

lloraba profusamente cuando alguien no ponía atención a sus afanes.

Sus críticos y detractores afirmaban que ambos actos

(amar y llorar),

eran reminiscencias pueblerinas,

pero bah, a quien le importaba eso,

cuando Magdalena salía de noche desnuda de fervores y dispuesta a entregarse al mejor postor.

Por las noches no le hacían falta esquinas ni calles con nombres extranjeros o rimbombantes,

bastaba un trío de tragos

(de preferencia alcohol maltés),

alguna provocación indecente y por supuesto billeyos verdes de por medio

(en tiempos de crisis y pesos flotantes, siempre son más seguros, los billetes que en dios confían como moneda de cambio),

para corromper su voz y sus vocales

y convertirse en la suripanta que cada noche golfamente emputecía de amor, alabando con su vientre la más brutal y honesta poesía carnal que ningún poeta maldito pudiera concebir si no era entre sus piernas.